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SANTIAGO BASSO, DE BUENOS AIRES

El día lunes, número 6 desde que empezamos el proyecto, fue todo en el hotel. Tuvimos primero una reunión de pauta, para ver cómo iban los trabajos de cada uno e intercambiar ideas, sugerencias o datos. Me sorprendió escuchar la cantidad de proyectos que tenía cada uno y, además, la cantidad de fuentes y testimonios que tenían. Se notaba un esfuerzo muy grande de todos. Me enojé conmigo mismo por no tener nada listo todavía y no tener tampoco la misma cantidad de proyectos. pero después entendí que ellos estaban mucho más avanzados que yo en la carrera o en la profesión, y que realmente eran ellos los que tenían el interés en conocer e informar de un país que yo ya conozco.

Se generó un debate sobre el feminismo, machismo, humor negro, en el que descubrí que estaba prácticamente solo. Cuando empecé a expresar mi posición, noté el enojo de algunos o la indiferencia de otros, porque nadie pensaba como yo. Sentí algo raro, como si lo que estaba diciendo estaba bien y mal al mismo tiempo. Hoy es más difícil ir en contra de la marea y yo sentía que estaba en ese lugar. Obviamente no voy a dejar que otros que piensan diferente me callen, pero era bastante incómodo. A pesar de que estaba de acuerdo con la mayoría de lo que ellos pensaba, en pequeñas cosas estábamos en desacuerdo y eso era lo que marcaba la diferencia.

Pensé entonces hacer una artículo sobre todo esto, pero inmediatamente me agarró miedo. porque conozco historias de gente que se la ha criticado mucho por expresar lo que pensaba, aunque entiendo que también es parte de la profesión. pero que me etiqueten de tan chico, no gracias. Y además, estando en la Argentina, es muy posible que todo eso pase. Me decepcioné. Me enojé. Me entristecí. Todo en un segundo. Nunca antes me había agarrado miedo de escribir.

Dejando de lado todo esto que sucedió solo en mi cabeza, volvamos al relato de lo que pasó en el día. Llegó a charlar con nosotros una corresponsal brasileña, Sylvia Colombo. Me tocó dirigir la entrevista, junto con una compañera de la UCA. ella la admiraba mucho así que dejé que empiece. Pero tenía muchas cosas en la cabeza y estaba muy cansado, por lo que me distraje durante la entrevista y no pude hacer muchas preguntas. Pero sí escuché atentamente todo lo que dijo.

Como Mónica, tenía una gran cantidad de historias y experiencias impresionantes. Comencé a pensar que quizás la vida de todos los corresponsales era así. Y la verdad que me interesó mucho, tener este tipo de vida. ella viajó un montón y conoció países, viudades, personas, historias. Y se la notaba feliz.

Dijo tres cosas que a mí me llegaron. Primero, resaltó que para la vida de un corresponsal es necesario saber estar solo. Porque está en un país extranjero, probablemente sin amigos o familiares , pero con la necesidad de tenerlos. y hay que saber lidiar con la soledad. Yo pensaba que uno se podría sentir acompañado al realizar entrevistas y hablar con contactos. Pero es verdad que se necesita tener alguien con quien descargarse, contar lo que hiciste, hablar o simplemente estar al lado. Alguien fuera del trabajo. No hay horas, no porque es un trabajo libre, sino porque todas las horas son trabajo. Y eso me impresionó: se necesita una dedicación enorme.

Otra cosa que me llamó la atención es que dijo que le era difícil contener los sentimientos al estar en presencia de historias fuertes. Que a las audiencias, por más que estas historias los toquen, no se interesan. Y en eso se pierde un montón. Porque para ser periodista se necesita, es casi imprescindible la emoción. Que la historias lleguen al corazón, lo transformen lo hagan mejor persona. La profesión forma al periodista de una manera que ninguna otra profesión puede. Porque ve todo. Ve el delito, la pobreza, las enfermedades, las injusticias, la corrupción, la maldad. Pero también ve resiliencia, apertura, gratitud, felicidad, fuerza. ve lo bueno y lo malo, lo blanco y lo negro, lo bello y lo feo. Y, a partir de esto, cuenta historias. Historias que uno contaría en la cena o en una conversación, el periodista puede contarla a muchas personas. Y hacer que esas emociones se transmitan a miles de conversaciones, a miles de cenas. Emocionar desde las propias emociones y vivencias. ¿Un privilegio? Seguramente. Pero también una gran responsabilidad.

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