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La importancia de entrevistar al diablo

George Sylvester Viereck entrevistó a Adolf Hitler en 1923 cuando aún era un desconocido, revelando las fobias, ambiciones y delirios del hombre que llevaría a Europa a la II Guerra Mundial. En un momento del encuentro, el futuro Führer apuró su taza como «si no contuviera té, sino la sangre vital del bolchevismo». Y a continuación dejó caer la clave de muchas de las cosas que vendrían después: «Para nosotros, raza y Estado son lo mismo».

El problema no fue que Viereck entrevistara a uno de los monstruos del siglo XX, sino que no se hubiera hecho más a menudo, enfrentando a Hitler a sus contradicciones, indagando en sus planes y alertando de los días oscuros que vendrían si alcanzaba el poder. El periodismo no es un viaje a Disneylandia porque la vida tampoco lo es: ignorar el mal no lo hace desaparecer. Describirlo y tratar de desnudarlo ante la opinión pública es una causa no sólo legítima, sino necesaria.

Por eso nunca entendí que en nuestro país, cada vez que se entrevista a un terrorista o a un criminal -a veces simplemente a alguien que está en el extremo de lo que pensamos-, surjan voces acusando al periodista de complicidad, antes incluso de que haya hecho sus preguntas y se pueda juzgar si se convirtió en un mero altavoz o hizo bien su trabajo.

Tuve la suerte de entrevistar para este periódico al Dalai Lama, premios Nobel de la Paz, misioneros que se jugaban la vida en países lejanos y un buen puñado de gente que llevaba esperanza allí donde apenas quedaba alguna. Pero los personajes que más me ayudaron a conocer el lado oscuro de la naturaleza humana fueron aquellos por los que sentía mayor repulsa: al líder de Al Qaeda en el sureste asiático, Abu Bakar Bashir, con quien hablé tras los atentados de Bali, al jefe de una milicia genocida que decapitó a mujeres y niños en una limpieza étnica en Borneo o a los pederastas occidentales encarcelados en una prisión de Camboya.

Me habría gustado añadir más diablos a la lista: preguntarle a Kim Jong-un cómo puede vivir rodeado de privilegios mientras condena al pueblo norcoreano a la hambruna. Al terrorista suicida del IS qué le lleva a pensar que masacrar a inocentes le abrirá las puertas del paraíso. O a Luis Alfredo Garavito, más conocido como El Monstruo por haber matado al menos a 140 niños en Colombia entre 1992 y 1999, si cree que existe el demonio. «Claro que existe. Soy yo», respondió cuando se lo preguntó Jon Sistiaga en el último episodio de su serie de documentales para Movistar+.

Las entrevistas a los renglones torcidos de la sociedad son más llevaderas cuando se trata de personajes de países lejanos y se nos presentan desde una distancia más cómoda. Pero también aquí tenemos nuestros monstruos. El suplemento CRÓNICA publica hoy la primera entrevista con José Bretón desde que fue condenado a 40 años de cárcel por el asesinato en 2011 de sus hijos Ruth y José, de seis y dos años. No hay en él, después de este tiempo en prisión, ningún atisbo de arrepentimiento o compasión. Mantiene la misma actitud fría y distante que mostró durante su juicio. El mismo cinismo que en su día le llevó a pretender que buscaba desesperadamente a los niños y que ahora exhibe en esa celda de cuyas paredes cuelgan las fotografías de Ruth y José. Lo difícil de encajar tras leer la entrevista, más allá de la crueldad del crimen, es que alguien como Bretón vaya a poder acceder al régimen abierto cuando cumpla 20 años de cárcel.

Acercarse al mal será siempre parte del periodismo y no tiene por qué suponer connivencia o comprensión. A veces, nos sirve para alertarnos de lo que vendrá si permanecemos impasibles ante él. En una parte de la entrevista que Viereck le hace a Hitler, reeditada en 1932 por la revista Liberty ante su inminente victoria electoral, el político alemán habla sin disimulo de sus planes. «Cuando me haga cargo de Alemania, terminaré con el vasallaje ante el extranjero y con el bolchevismo en nuestro país», le dice al entrevistador, que terminó siendo acusado de colaboracionismo con el nazismo. «Debemos retener nuestras colonias y expandirnos al este». Un año después, Hitler ganó las elecciones y empezó a poner en marcha su proyecto.

 

Fonte: El Mundo

Por: David Jiménez

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